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Hace 61 años, en septiembre de 1956, fue asesinado Anastasio Somoza García, el “hombre fuerte” de Nicaragua. Descendiente de una familia cafetalera de Carazo, muy joven se había ido a Estados Unidos, aprendió inglés y se casó en ese país con una mujer de la aristocracia nicaragüense, Salvadora Debayle Sacasa. Regresó a Nicaragua y se granjeó el favor de los norteamericanos que tenían ocupado el país. Logró que lo nombraran director de la Guardia Nacional sin haber sido soldado nunca. Asesinó al general Augusto C. Sandino y luego, con las armas bajo su control, le dio golpe de Estado a su tío político Juan Bautista Sacasa. Luego se apoyó en el Congreso para que lo ayudaran a retrasar las elecciones de 1936 y borrar los obstáculos constitucionales que le impedían ser candidato. Ganó y desde 1937 se quedó en el poder hasta 1947, bajo el ala del Partido Liberal Nacionalista (PLN).

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En ese año 1947 puso a Leonardo Argüello en la silla presidencial, a quien quiso manejar como a un títere, pero Argüello se le rebeló y Somoza García le dio golpe de Estado. Luego, puso a otros allegados suyos en la presidencia, uno de ellos su tío político Víctor Román y Reyes, pero este último murió en mayo de 1950. Somoza García aprovechó la circunstancia para lograr que el Congreso lo nombrara para terminar el periodo de Román y Reyes y, gracias a que había pactado con el general conservador Emiliano Chamorro para que el ser militar no le impidiera ser candidato presidencial, también logró ganar las elecciones presidenciales que se realizaron el 21 de ese mismo mes de mayo de 1950.

En septiembre de 1956, Somoza García se preparaba para nuevamente ser reelecto en la presidencia. Desde 1905 todas las constituciones políticas del país prohibían la reelección. Pero en 1955 Somoza García había logrado que se reformara la Carta Magna y pudiera existir la reelección. Para el día en que Rigoberto López Pérez le propinó cinco disparos, el 21 de septiembre de 1956, el dictador llevaba 17 años como presidente. Ese día se celebraba en la Casa del Obrero de León su proclamación como candidato presidencial del PLN. Somoza García hubiera logrado seguir más años en la presidencia, pero murió el 29 de septiembre, en Panamá, víctima de los disparos del poeta Rigoberto López Pérez.

El poeta idealista

Cuando Rigoberto López Pérez mató a Anastasio Somoza García, tenía 27 años de edad. Había nacido el 13 de mayo de 1929, en León. Estudió la primaria en la Escuela Superior dirigida por Octavio Quintana, quien a sus 60 años fue encarcelado por los Somoza acusado de “haber ilustrado a Rigoberto en la primaria”.

Desde temprana edad a López Pérez le gustaba escribir, especialmente poesía, y trabajó en los diarios nicaragüenses Diario Excélsior, El Centroamericano y El Cronista. En El Salvador trabajó en Diario Latino. En ese vecino país también jugó beisbol en el equipo Revida.

En el hospicio San Juan de Dios aprendió el oficio de sastre y en la escuela de comercio, Silviano Matamoros. se formó como taquimecanógrafo.

Como muchos de su época, López Pérez era un joven con un gran sentido de amor a la patria, tanto que si iba caminando y escuchaba sonar el himno nacional se detenía en señal de respeto y reverencia, explicó a LA PRENSA su sobrina María Margarita Romero.

A la edad de 16 años, la Guardia de Somoza le mató un amigo a López Pérez y desde entonces le creció un enconado odio contra el somocismo.

Otro sobrino, Eduardo Romero, comenta que su tío nunca perteneció a ningún partido político sino que él se arrimaba a toda persona que fuera opositora y estuvo en algunas reuniones del Partido Liberal Independiente (PLI). Como viajaba con frecuencia a El Salvador, se rozó con todos los exiliados nicaragüenses.

Rigoberto López Pérez aprendió a disparar en El Salvador. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN

En uno de esos viajes, el exteniente GN Guillermo Marenco lo llevó con el excapitán Adolfo Alfaro. “Capitán, aquí está Rigoberto López Pérez, dice que está capacitado para matar a Somoza”, le dijo Marenco.

Alfaro, según relató en una entrevista con LA PRENSA en 1979, observó detenidamente a López Pérez y empezó a conversar con él durante muchas horas, ya que deseaba asegurarse de qué tan decidido estaba el muchacho.

“Llegamos hasta en horas de la madrugada en ese primer encuentro y detecté la notable firmeza de carácter y la irreductible decisión de cumplir sus palabras hasta las últimas consecuencias”, dijo el excapitán, quien en ese momento estaba convertido en uno de los mayores opositores a Somoza, a pesar de estar casado con una familiar del fundador de la dinastía, Laura Reyes Somoza, y de haber sido un candidato a jefe de la Guardia Nacional.

Alfaro comenzó a enseñarle a disparar a López Pérez, quien hasta ese momento no sabía de armas, después de advertirle que no iba a salir vivo de la operación. Le dijo que debía disparar a Somoza del pecho para abajo porque utilizaba chalecos contra balas. “Le hice ver que los ángulos de tiro efectivo eran viables por los costados y la parte baja”, explicó Alfaro.


La familia de Rigoberto

El cuerpo de Rigoberto López Pérez, con 54 perforaciones de bala, fue llevado a la Policía de León y luego a la acera del Teatro González, donde los guardias y simpatizantes somocistas lo “velaban” propinándole “patadas” y arrojándole escupitajos y cigarros encendidos.

Mientras tanto, la madre de López Pérez, Soledad López y los hijos de ella, Salvador y Margarita Meléndez López, eran interrogados porque la Guardia pensaba que en la casa de ellos había armas ocultas y además les atribuían ser parte de la conspiración contra Somoza García. A Salvador, un guardia al que apodaban “Pipilacha”, le propinó un “culatazo” que le dejó una lesión de por vida en la columna.


Soledad López y sus hijos fueron detenidos pocas horas después del atentado contra Somoza García. De León los trasladaron hacia la cárcel El Hormiguero, en Managua. En la Oficina de Seguridad somocista, en la cárcel de la Loma de Tiscapa, Soledad era interrogada y torturada. Soledad regresaba bañada en sudor a El Hormiguero, relataba su hija Margarita.
En una ocasión, Soledad y sus hijos fueron llevados en un camión a un camino solitario, donde los bajaron y los ubicaron como en línea de fusilamiento. Los guardias se colocaron en posición de disparo, se dio la orden de “preparen, apunten, fuego”, pero no les dispararon y luego los subieron de nuevo al camión.
Eduardo Romero, nieto de Soledad y sobrino de Rigoberto, recuerda que su madre Margarita le relataba que el presidente Luis Somoza dio la orden de que los liberaran y que nunca más los volvieran a molestar, porque se había llegado a la conclusión de que no tenían nada que ver con el asesinato de su padre. Soledad, Salvador y Margarita fueron puestos en libertad el 10 de noviembre del mismo año 1956.
La orden de Luis Somoza se cumplió, pues la familia de Rigoberto vivió con relativa tranquilidad durante los años siguientes de la dictadura somocista, aunque en ocasiones eran víctimas de las pasiones de los simpatizantes del régimen. “Los familiares del asesino”, les decían.


Los pecados de Somoza

En su afán por mantenerse en la presidencia, Somoza García se había ganado muchas enemistades. No solo se le odiaba por acaparar el poder sino también por su rápido enriquecimiento. Se le atribuían actividades en casi todo el ámbito económico: el ferrocarril, el azúcar, el algodón, ganado, maíz, cuero, madera, ajonjolí, minas de oro, hasta el aguardiente. También se le acusaba de injustos encarcelamientos a sus opositores, asesinatos, torturas, confinamiento, deportaciones, aplicaciones de la ley fuga y otras barbaries.

Desde 1944 hasta 1954 se habían producido manifestaciones en contra de Somoza García. En 1954 se había producido la más grave, cuando en abril de ese año un grupo de exoficiales, aliados con civiles y dirigidos por Pablo Leal Rodríguez, intentaron sacar del poder al dictador por las armas. El complot fue descubierto y, aunque algunos huyeron, la mayoría fueron capturados y sometidos a un Consejo de Guerra, entre ellos Pablo Leal y Adolfo Báez Bone, los jefes militares de la conjura.

La Casa del Obrero, en León, donde Rigoberto López Pérez disparó a Somoza García. LA PRENSA / Archivo.


Fallido plan de escape

El día en que Rigoberto López Pérez le disparó a Somoza García, había un plan para intentar que López Pérez saliera con vida, pero no hubo una buena coordinación y dicho plan se cayó. Quienes le iban a cubrir la retirada eran Cornelio Silva Argüello, quien debía estar en León con cuatro chontaleños explotando bombas y cohetes para desviar la atención; Ausberto Narváez, quien enviaría señales desde un vehículo, estacionado en la esquina de la Casa del Obrero, para iniciar la toma de la subestación policial; y Edwin Castro y su gente se cansaron de esperar el apagado y encendido de los focos, explicó Agustín Torres Lazo en su libro La saga de los Somoza.

La maleta que dejó lista Rigoberto López Pérez la noche del asesinato. Pensaba liquidar al dictador Somoza y huir con ella. LA PRENSA / Archivo.


El asesinato

Días antes del 21 de septiembre de 1956, López Pérez llegó a la casa de su mamá, Soledad López, en el barrio El Calvario de León.

En la noche del 20 de septiembre se acostó a dormir y se levantó hasta avanzada la mañana del 21. En su dormitorio habían unas revistas y escritos con caricaturas ridiculizando a Somoza García, recordó en 1979 su hermano Salvador Meléndez. Por la tarde, salió bien vestido con un pantalón azul y una guayabera blanca.

Agustín Torres Lazo, teniente de la Guardia Nacional, en su libro La saga de los Somoza, relata que esa noche, cuando se homenajeaba a Somoza García por su candidatura en la Casa del Obrero, López Pérez llegó a la actividad y estuvo sentado en una silla dentro del local y, mientras hacía anotaciones en un cuaderno, aparentaba ser un periodista que daba cobertura a la actividad. De vez en cuando —escribió Torres Lazo— López Pérez se llevaba la mano debajo de la camisa guayabera y acariciaba un revólver.

López Pérez llegó una hora antes que Somoza al local, y vio cuando este último entró tomando del brazo a su esposa Salvadora Debayle, quienes saludaban con sonrisas a los presentes.
Después de bailar con la novia de la Casa del Obrero, la joven Azucena Poveda, Somoza se sienta a descansar, pero López Pérez se le iba acercando lentamente. Mientras Somoza estaba distraído leyendo un periódico, López Pérez sacó el revólver 38 y le disparó.

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Esperanza Sansón, una de las presentes en el lugar de los hechos, relató así el suceso: “Se oyeron unos triquitraques. Todavía el general sacudió el periódico, después dijo: ‘Ay Dios mío’ y se fue para atrás. Vi a un hombre que venía caminando, pantalón azul y camisa blanca”, relató Sansón en el juicio por la muerte de Somoza.

Somoza, herido, fue llevado primero al hospital San Vicente de León y en la madrugada fue trasladado a Managua, de donde luego partió en un avión hacia el hospital Gorgas en Panamá, en la zona del Canal, controlado en ese momento por Estados Unidos, donde murió en la madrugada del 29 de septiembre de 1956.

El cadáver de Rigoberto López Pérez quedó tirado en el piso de la Casa del Obrero y luego fue llevado a la estación de Policía, pero nunca se supo dónde fue sepultado.

Así murió Somoza García, el hombre fuerte de Nicaragua. Y así murió el poeta leonés Rigoberto López Pérez. Acabó con la vida del dictador, pero no con la dinastía. Somoza García ya se había asegurado que sus hijos Luis y Anastasio Somoza Debayle le sucedieran en el poder.


El entierro de Somoza

Eran las 1:14 minutos de la tarde del martes 2 de octubre de 1956. El cadáver del general Anastasio Somoza García, presidente de Nicaragua y fundador de la dinastía, entró a esa hora en la cripta de oficiales de la Guardia Nacional, en el Cementerio General de Managua.

La muerte del dictador se produjo oficialmente a las cuatro y cinco minutos de la madrugada del sábado 29 de septiembre de 1956, en el hospital Gorgas de la Zona del Canal de Panamá.

El cadáver de Somoza García llegó a Nicaragua el domingo 30 de septiembre de 1956, por la mañana. Debido al deceso del presidente, por primera y única vez en la historia las fiestas en honor a San Jerónimo no se realizaron.

Después de varios homenajes, el dictador fue sepultado con los 21 cañonazos acostumbrados y con la entonación del Himno Nacional. La flotilla de aviones de la FAN que había sobrevolado sobre la ruta que llevó el féretro, picó proas hacia tierra y las flores que del cielo habían llovido mientras duró el desfile cayeron con luminosa brillantez a trasluz del sol.

Funerales de Anastasio Somoza García. La gente trataba de tomar puntos ventajosos para ver pasar el féretro, ya fueran estos aceras, azoteas, camiones, árboles, entre otros puntos. LA PRENSA/ CORTESÍA/ IHNCA


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