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A sus 99 años doña Haydée prepara nacatamales “de muerte lenta”, y los vende a sus amistades y vecinos. LA PRENSA / Inés Izquierdo.

Allá cerca del Mississippi, en Baton Rouge, la capital de Luisiana, vive una nicaragüense casi centenaria, que ha sabido encontrar la fórmula mágica para la juventud eterna sin necesidad de beber agua de una fuente idílica y sin pócimas o cremas milagrosas.

Doña Haydée Canales de Blanco, hija del coronel Simón Canales Brizuela, nacida en 1918, fuerte como un roble y lúcida como un mediodía nicaragüense, cocina unos nacatamales de “muerte lenta” todos los fines de semana para compartir con familiares y amigos, incluidos estadounidenses que quedan fascinados con este platillo nica y su rica fusión de sabores y culturas en una hoja de chagüite.

Pero esta señora no solo tiene una buena sazón. Ella es graduada de la Escuela Normal de Managua, de la primera promoción, alumna de Josefa Chepita Toledo de Aguirre, de quien guarda bellos recuerdos. Su diploma lo entregó el general Anastasio Somoza García y el ministro de Educación, Jerónimo Ramírez Brown. Esa promoción de 1941 estuvo integrada por mujeres que después brillaron en la vida cultural del país, como doña Socorro Bonilla. Se denominaron el Club de las Muchachas y lo integraban además Adelina Reyes, Azucena Quintanilla, Digna Zamora, entre otras.

Un matrimonio ejemplar

Haydée se considera una mujer dichosa. Ella confiesa que tuvo “un marido respetuoso, cariñoso obligado, no me puedo quejar de mi vida, yo fui directora de colegios como el Loyola, a veces daba dos turnos de 7:00 de la mañana a 12:00 del mediodía y de 1:00 a 5:45 de la tarde, y así crié mis ocho hijos (4 mujeres y 4 varones), aunque claro, yo tenía dos empleadas y una china; él era contador, pero todo teníamos antes de la guerra”.

En 1985 emigró a Estados Unidos con su familia. Sus hijos vinieron antes, en 1982, debido a la guerra, y nunca se separó de su esposo, según afirma; “vine casadita, nunca me separé de él, vivimos juntos 65 años, hasta que enviudé”.

A sus 99 años doña Haydée prepara nacatamales “de muerte lenta”, y los comparte a sus amistades y vecinos. LA PRENSA / Inés Izquierdo

La guerra y el terremoto

Cuando habla de la guerra, doña Haydée pierde un tanto ese brillo juvenil de su mirada, y hasta las palabras se vuelven parcas, porque ella confirma que sus vidas eran buenas, tenían buenos empleos, pero hubo dos acontecimientos que llegaron juntos; la guerra y el terremoto. “Esa guerra nos arruinó por completo, además del terremoto. Son dos cosas duras que nos cayeron seguidas. Tuvimos que empezar de cero, lo perdimos todo, gracias a Dios no murió nadie, todos se salvaron”.

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“Yo vivía en Sajonia, estaba despierta porque el cielo se veía rojo, lo estábamos mirando, entonces me voy al cuarto y me pongo agachada buscando una botella de agua bendita para regar en la casa, y en eso, bangán, el ruidaje. Caí sentada en el piso, (en) mi cuarto se cayó todo el techo y yo estaba ahí dentro. De los seis cuartos de la casa todos quedaron bien menos el mío. El corredor quedó inclinado, a la sala no le pasó nada, el porche se vino abajo, dejamos todo y nos fuimos a una finca al lado de un río, en un ranchito. Recuerdo que bajábamos a bañarnos al río y subíamos llenos de tierra”, rememora.

“A los 20 días nos fuimos para Masaya”, continúa doña Haydée. “Un exalumno que era inspector me andaba buscando, me pusieron tres camiones y logré rescatar mis cosas. La casa era una escuela, el inspector mandó a ver cómo estaba y nos mandó bajo el estadio, ahí vivimos dos meses, entonces recordé que habíamos comprado una casa en Ciudad Jardín, y yo ni me acordaba de esa casa que se la alquilaba a un filipino, el cual se fue del país cuando el sismo y me dejó la llave con la vecina y así fue como nos fuimos a vivir allí”.

Fotografía de Haydée Canales recibiendo su título de Maestra de Educación Pública de las manos de Anastasio Somoza García, entonces presidente de Nicaragua. LA PRENSA / Cortesía

Fotografía de Haydée Canales recibiendo su título de Maestra de Educación Pública de las manos de Anastasio Somoza García, entonces presidente de Nicaragua. LA PRENSA /Cortesía

Su magisterio

Su vida como maestra es su mayor orgullo. Ella llegó a ser directora de varios colegios y sus anécdotas son extensas, como la vez que rescató al hijo de Alfredo Bermúdez, que se iba a caer de una escalera, y años después unos alumnos la salvaron a ella de una caída.

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Esta maestra nonagenaria considera que “la educación es diferente”. “Ahora está más adelantada en los métodos, pero los valores se han perdido”, dice. “¿Cómo creés que una maestra esté fumando delante de sus alumnos? Hay falta de respeto, pérdida de valores y muy mala ortografía”.

Reverso de la fotografía con Somoza dándole el título a Haydée Canales. LA PRENSA / Cortesía

Reverso de la fotografía con Somoza dándole el título a Haydée Canales. LA PRENSA / Cortesía

Presencia hispana en Lousiana

Durante 20 años ha sido representante de Nicaragua en la Feria Hispana que tiene ya 25 años de celebrarse. Ahí doña Haydée mueve su cuchara y lleva comida tradicional nicaragüense como carne asada, nacatamales, tres leches, cacao, chicha e indio viejo.

Aunque no comparte la política gobernante del país, viaja una vez al año a su tierra pinolera porque añora su terruño. Aún a sus 99 años hace esta travesía al centro del corazón de América, a su Nicaragua donde comparte con el Club de las Muchachas, con su familia, y trata de atesorar en su corazón los rincones más hermosos de su patria, para que le sirvan de energía impulsora cuando regrese a su casa en Baton Rouge.

Doña Haydée Brenes sosteniendo una copia impresa de su fotografía. LA PRENSA / Inés Izquierdo.

Doña Haydée Brenes sosteniendo una copia impresa de su fotografía. LA PRENSA / Inés Izquierdo.


Su secreto

Rodeada de sus recuerdos vive cerca del Mississippi esta mujer nicaragüense, que no pierde el tiempo en lamentos, sino en bailar y cantar, en darnos un pedacito de Nicaragua en cada nacatamal que ofrece en su hogar. Ella es el símbolo de la alegría de vivir y cuando se le pregunta por qué es tan vivaz, tan juvenil, solo responde: “Es que la voz de la alegría nunca se acaba”.


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