Atrapados sin salida

¿Está usted enojado ante la situación nacional, deprimido, a veces, por lo que parece ser un callejón sin salida? Pues sepa que la pareja gobernante está peor. Pero con una gran diferencia: la frustración de usted tiene un atisbo de esperanza. De una forma u otra, y a menos de que sea un pesimista incorregible, usted presiente, aún sin estar seguro del cómo ni del cuándo, que esto acabará; que hay una fuerte probabilidad de que en algún momento llegaremos a un futuro mejor. Los OrMu, por el contrario, aunque puedan capear el temporal presente y prolongar por un tiempo su poder, saben —a menos que estén locos de remate— que para ellos el futuro es negro; que no hay luz al final del túnel.

En realidad, son dignos de compasión. Saben que el pueblo no los quiere; que perdieron a la juventud, que las universidades son avisperos de jóvenes llenos de indignación reprimida, que solo los AK y la omnipresente policía —los zopilotes negros— evitan que multitudes enardecidas se apoderen de las calles. Peor aún, saben que están aislados internacionalmente; que nadie los admira como revolucionarios, como ocurrió alguna vez antes; que ni ellos ni sus compinches pueden circular por los cines y supermercados sin escoltas y sin exponerse al abucheo o a golpes; que les vienen sanciones y más sanciones; que pronto sus principales funcionarios no tendrán visa para viajar a Estados Unidos y Europa, y que mientras ellos continúen fraudulentamente en el poder, la economía seguirá frágil y estancada —con el peligro de mayores derrumbes— y que, por tanto, lo único que tendrán que ofrecer será “sangre, sudor y lágrimas”, pero sin glorias futuras que justifiquen los sacrificios.

Por eso la primera dama —la bruja de los árboles de hierro, que diría el poeta Cardenal— ha dedicado a la oposición las letanías más largas de insultos de que se tenga memoria. Porque está arrecha al verse atrapada sin salida. Claro está que ellos pueden urdir elecciones amañadas, con zancudos, exclusiones y mil trucos, pero estas les traerán mayor desprestigio y pérdida de legitimidad, pues los ojos del mundo estarán puestos en el proceso y no dejarán que se cuelen los mosquitos. Además, producirían un alud de mayores sanciones y posibles brotes de violencia, que golpearían aún más a la ya vapuleada economía.

El problema con la alternativa ideal: que los gobernantes acepten someterse a la prueba de fuego de elecciones verdaderamente libres, transparentes y supervisadas, es que saben que las perderían y que con eso podrían peligrar sus inmensos capitales —amasados y protegidos al amparo del poder, del secretismo y la corrupción— e incluso su libertad, pues han cometido crímenes de lesa humanidad que son imprescriptibles y perseguibles en cualquier parte del mundo.

¿Podrían entonces seguir el ejemplo de Maduro, que a pesar de su pérdida de legitimidad y las sanciones se mantiene a sangre y fuego hambreando a Venezuela? Quizás. Pero es un juego peligroso en un país con una economía frágil, que carece de recursos petroleros o suficientemente independientes, y en donde sus bases de poder, incluyendo los militares, podrían llegar a la conclusión que lo mejor para el país sería salir de ellos. También es jugar con fuego, porque la población nicaragüense es más levantisca y valiente que la venezolana —con perdón de los hermanos venezolanos—.

Lo que podría ser una salida a este laberinto —que en realidad nos afecta a todos— podría ser que se ofreciese a la familia gobernante una bajada airosa a la llanura; tarea nada fácil pues implicaría encontrar garantías de no persecución para sus tropelías, y protección a una parte importante de su mal habido patrimonio. Quizás entonces podrían aceptar a regañadientes elecciones verdaderamente libres, o alguna fórmula de transición que les permita dejar gradual y suavemente el poder. El problema es que tal alternativa repugnaría a muchos nicaragüenses por cuanto viola la legítima aspiración a la justicia. Cerrada esta puerta quedarían entonces dos caminos: buscar la caída y castigo a la familia gobernante con una resuelta, heroica, pero incierta resistencia pacífica, o recurrir a una también incierta guerra civil. Así de simple. Ojalá alguien conciba una mejor salida de la trampa.

El autor es escritor del libro Buscando la Tierra Prometida; Historia de Nicaragua 1492-2019.