La paz

La paz existe en el ámbito de la palabra. Pero no es el reflejo indubitable de la realidad. Nace y se reproduce en la garganta. La guerra —su antídoto perpetuo— vive en sentido contrario.

Cuanta diferencia hay en los dos extremos. No es la primera vez que un orador se pronuncia en nombre del ideal tan difícil de cuajar. Viene siendo la paz un recurso cajonero en los labios. Por cierto de los labios a los hechos hay distante trecho. No dejarían de existir los demagogos explotadores de ese recurso arraigado en la coyuntura circunstancial, pues para desdicha para la humanidad sufriente habrá siempre crisis de paz por diferentes motivaciones y probabilidades de guerra aunque estas no sean oficialmente decretadas más que en la imaginación.

En estos momentos de crisis reconocida por “moros y cristianos”, por el espectro de la movilidad anímica, tanto en Nicaragua como fuera de ella, dirigentes implícitos en el follaje de las sombras, no cesan de llevar “agua al molino” de sus ambiciones. En ese sentido se adhieren a las fuentes de la falsa redención y acuden a las recetas de paz seguros de ser los médicos capaces de darla pero incapaces de cumplirlas porque han perdido el tesoro de la credibilidad.

Memorables son los discursos que aluden a la paz. Dentro de esa variedad selectiva de oradores me voy a limitar a citar solo a uno. Se llama Benito Juárez el autor “del respeto al derecho ajeno es la paz”. Juárez no escribió esta perla rutilante que lleva categoría pragmática de sentencia. La improvisó en un emotivo discurso —repentino— alusivo al tema. Surgió espontáneo con una certeza que no requirió la compañía premeditada de la pluma, pero ese respeto sigue siendo desobedecido por quienes nunca lo supieron interpretar. Solo muecas han hecho de la añeja afirmación que tan lejana estuvo de ser “un chagüite”.

Soldados en tránsito se visten con las galas de la apariencia solo acompañados por el cuero de los tambores y la fanfarria de las trompetas. La escena también se oye en otros rincones del mundo donde el poder hace esplendor fatuo de sus debilidades. La riqueza material es apenas uno de los símbolos de los tantos que pueden desprenderse de la manufactura habitual de la estrechez.

“Brille la paz” viene siendo una súplica que no talla cuando más se le necesita no solo para trazarla en el ángulo de la elegía sonora sino en la comprobación de sus efectos.

Los dictadores de cualquier color se ponen de pie en tiempos de paz o de guerra. No es la primera vez que oigo decir: “Hagamos la guerra para conquistar la paz”. ¿Andará el propósito por ese rumbo?

El autor es periodista.