Ernesto Cardenal

“Me gustan las personas que dejan huella, no las que dejan cicatrices”. (Dalai Lama).

Estuve en la Catedral de Managua en la misa de cuerpo presente de Ernesto Cardenal, la del agravio. Fui porque lo conocí personalmente y siempre lo respeté. Lo conocí en Solentiname en mi adolescencia por vía de un sobrino suyo, compañero de colegio. Propuso un viaje a las islas y por supuesto fuimos, más por sentido de aventura que por otros motivos, al menos en mi caso. Tenía sin embargo una buena idea de quién era Ernesto Cardenal, y que en Solentiname había una comunidad donde profesaban la Teología de la Liberación. Igual teníamos inquietudes sociales como cualquier adolescente formado en valores, en este caso en el Colegio Centro América, y a mucha honra.

Nos embarcamos en Granada al atardecer. Fue en un vetusto mastodonte flotante jamás visto en mi vida que cruzaba el Cocibolca por la noche, para llegar a San Carlos al amanecer a un mundo para mí desconocido. Después panga a Solentiname, y fue así que entré a un mundo mágico que resultó ser real. Muy real.

Participamos en las actividades de la comunidad y allá se encontraba en ese entonces Róger Pérez de la Rocha. Después de la misa, y en las noches las lecturas de los salmos y otros textos. No se duerman muchachos —nos decía Ernesto— cuando veía que se nos cerraban los ojos por el sueño. Dormíamos en el suelo en esos sacos para dormir que habíamos llevado, los mismos que usamos para dormir en el piso del vetusto mastodonte flotante referido.

En una de esas fuimos de excursión al punto más alto de la isla Mancarrón. Debimos pasar entre zarzales poblados por los mosquitos más grandes que he visto en mi vida. Se nos pegaban detrás de las orejas, y como íbamos en fila, el de atrás se ocupaba de espantar los mosquitos del que iba adelante. El que venía de último se las arreglaba como podía.

Durante años seguí encontrando a Ernesto y siempre lo saludé, cruzando alguna que otra frase. Siempre amable y afectuoso. Conocía ya muchas de sus obras desde tiempo atrás, y por supuesto de su estatura universal y revolucionaria.

Al salir de la misa de cuerpo presente de Ernesto, uno de esos enviados por la pareja de hipócritas y obtusos del falso templo, atacó a una joven mujer que llevaba un cartel. Otro joven se interpuso valientemente para protegerla. El energúmeno arremetió y el joven se quedó frente a él mirándolo a los ojos, pero no respondió, no cayó en la trampa o surgía el caos. El energúmeno se retiró y quedó como el cobarde que es, lo mismo que la pareja de mandantes.

Ese joven es un héroe. Estuve ahí.

El autor es doctor en Derecho