El dictador ausente

En las redes sociales y los medios de comunicación independientes que sobreviven bajo la dictadura, llueven las críticas a Daniel Ortega por su ausencia del escenario público estando el país en una situación de emergencia de salud por la pandemia del Covid-19 o coronavirus.

Las críticas al régimen de Ortega también son fuertes y abundantes, porque en vez de aplicar las medidas preventivas que recomiendan los organismos internacionales de salud para enfrentar la pandemia, hace todo lo contrario. Así lo dijo el martes de la semana pasada la directora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Carissa Etienne.

Al dictador Ortega se le vio en público por última vez el 12 de marzo, cuando participó en una videoconferencia centroamericana sobre la pandemia del coronavirus. Desde entonces desapareció y al pasar el tiempo sin que se le volviera a ver, se desató una ola de especulaciones sobre su destino. Incluso grandes y prestigiosos periódicos de América Latina, Estados Unidos y Europa se han ocupado de la ausencia del dictador de Nicaragua, especulando sobre su situación de salud, su paradero político y hasta su posible fallecimiento que por ocultas razones se mantendría en secreto.

Pero esta no es la primera vez que el singular dictador de Nicaragua desaparece del escenario público. Lo ha hecho anteriormente y en una ocasión hasta ironizó que el cardenal Leopoldo Brenes lo había resucitado. Eso ocurrió cuando el arzobispo de Managua regresó de Ciudad del Vaticano, después de que el papa Francisco lo consagró y le puso el capelo cardenalicio.

Ahora bien, en la situación de emergencia sanitaria por el coronavirus, que según los especialistas epidemiológicos podría causar en Nicaragua una mortandad, ¿qué diferencia haría que Daniel Ortega esté presente y visible para decir las mismas cosas que dice la codictadora Rosario Murillo, para amenazar a sus adversarios con la represión y convocar él mismo las marchas masivas y las celebraciones rituales de la dictadura?

La verdad es que no haría ninguna diferencia. Ortega no es un líder nacional sino un caudillo solo de sus partidarios. El liderazgo político —dice el enciclopedista político ecuatoriano Rodrigo Borja—, se sustenta en “la inteligencia, los conocimientos, la honestidad, la imaginación, la intuición, la simpatía personal, la capacidad conductora, la credibilidad, la confiabilidad, la autoridad moral reconocida, el don de mando, el sentido de la historia, la visión de futuro, la capacidad de catalización de los procesos sociales, la vitalidad, el dinamismo, la fuerza de trabajo, la perseverancia, la disciplina, la valentía, el eficiente aprovechamiento del tiempo, la aptitud comunicadora de ideas y emociones”.

Ninguna de esas cualidades tiene Ortega. Ni siquiera es un presidente legítimo, elegido por votación popular. A Ortega no se le puede valorar con los mismos criterios que se valora, por ejemplo, al presidente Carlos Alvarado, de Costa Rica; al de El Salvador, Nayib Bukele, y al de Guatemala, Alejandro Gianmatei. Y lo peor es que el dictador Ortega está ausente pero su dictadura se mantiene presente, causando daño —mucho daño— a Nicaragua.