La renovación de liderazgos y el ejemplo de Washington

Nicaragua es un país traumado y victimizado por el fenómeno del continuismo. Como una plaga bíblica, cuatro gobernantes en nuestra corta historia (Zelaya, Somoza García, Somoza Debayle y Ortega), han insistido en reelegirse indefinidamente en el poder, sumiendo eventualmente al país en crisis dolorosas y sangrientas.

En la raíz de esta fatídica tradición esta la convicción de los caudillos de su indispensabilidad; su creencia de que solo ellos son capaces de timonear el barco. Y junto con ella la idiotez y la sumisión servil de sus subordinados: la creencia de que no hay, entre sus filas, líderes capaces de sustituir al ungido. El continuismo corroe la democracia, uno de cuyos fundamentos en la alternabilidad en el poder y, como agua estancada, tiende a despedir malos olores. Al negar la renovación de los liderazgos bloquea el surgimiento de vigores nuevos, fomenta la dependencia y el infantilismo de las masas, y es portal de la tiranía.

Por el contrario, la alternabilidad en los puestos de mando o responsabilidad es una práctica sana que fomenta la competencia, crea estímulos para quienes aspiran a más, incentiva la participación, y oxigena mejor el tejido social. Parte del éxito político de la sociedad norteamericana ha sido precisamente la práctica, casi impecable, de limitar la presidencia a dos períodos. La semilla la sembró George Washington, quien se marchó a su casa tras completar su segundo período. Lo notable de su decisión es que ninguna ley se lo imponía y que su prestigio era tal, que algunos lo querían como rey. Él, sin embargo, consideró negativo para el futuro de su nación dejar el precedente de una presidencia vitalicia. Su ejemplo fue tan poderoso que, sin mediar ley alguna, los siguientes presidentes acataron voluntariamente la costumbre de no buscar un tercer período. La única excepción fue la de Franklin Delano Roosevelt, debido, en parte, a las circunstancias especiales de la segunda guerra mundial. No fue sino hasta 1951 que la práctica adquirió rango constitucional.

En Nicaragua, tras las elecciones de 1990, pareció abrirse una nueva era de alternabilidad y renovación de mandos.

Se prohibió constitucionalmente la reelección continua y se estableció la rotación de mandos en la policía y el ejército. Y estaba funcionando. Tres presidentes dejaron la silla al final de sus períodos e igual cuatro comandantes del ejército. Pero Ortega arrasó con ello. Con sus fichas en la Corte Suprema burló el impedimento constitucional y luego con sus fichas en el Legislativo estableció la reelección presidencial indefinida, así como la de los jefes militares. Con ello bloqueó la fluidez promocional en dichas instituciones y dio un golpe mortal a su profesionalismo e independencia. Obviamente los beneficiarios de este retroceso fueron también culpables. El mismo Avilés, y el estado mayor del Ejército podían haber declinado la reelección. En cambio, se dejaron comprar y la avalaron.

Por todas estas consideraciones es tan importante para la Nicaragua que se quiere construir poner en lo alto de la agenda la renovación de liderazgos en todos los niveles. El afán renovador debe permear toda la cultura política, social y gremial. Deberá buscarse formas de asegurar el relevo dentro de los partidos políticos, evitando que tengan dueños vitalicios, e igual en los gremios, colegios profesionales y otras instituciones. Cuando el continuismo se practica en organizaciones líderes de la sociedad civil, se manda un mensaje incoherente y contradictorio hacia la sociedad política y hacia el resto de la nación. Los ejemplos, los buenos y los malos son poderosos. Por eso son tan importantes los George Washington, las personas que por nobleza y amor patrio saben retirarse a tiempo.

El autor es sociólogo e historiador, autor del libro En busca de la Tierra Prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.