La Laguna de Masaya

La Laguna de Masaya, así conocida por su localización geográfica, en tiempos remotos fue llamada Laguna de Lenderí; igual la nombró el cronista español Fernández de Oviedo al visitarla el 25 de julio de 1528: “No había visto en la región cosa tan hermosa como este Lago de Lenderí”.

Hoy es un remanente restringido en la parte sureste de la depresión cratérica, circundada por una muralla de 80 metros de altura a cuyos pies los chilamates enredados con el matapalo, semejantes a cúpulas de estrellas en las noches de luna, conforman un conjunto ecológico bajo el que se refugia, sentado sobre su camalote, el nocturno pescador que echa su anzuelo al agua, en cuanto tira su mirada en lontananza en busca del OVNI (¿?) que trae extraterrestres para ver el fuego del volcán.

La Laguna de Masaya es un recurso hídrico muy importante para la región; primero, por la potabilidad de sus aguas, luego su posición geográfica y su paisaje. Un rincón de la ninfa Egeria donde el numen se inspira; visitarla es reproducir lo que el pasado ha borrado. Su presencia es una divina providencia de Dios.

Los moradores de los pueblos vecinos aún siguen creyendo, como sus antepasados, que su nacimiento no fue casual, sino que los dioses benévolos la crearon para satisfacer sus necesidades, por la cual la consideran un “ícono sagrado”, cuya bienhechora naturaleza es siempre respetada por ellos.

Bajo este contexto, se conoce como una referencia mágica. Sus mitos y leyendas, si se escribieran, enriquecerían la literatura popular, pues son como el producto de un mundo mágico, cuando se perciben despiertan pensamientos que se transforman en sentimientos, por ejemplo. “El Resedal”, “La piedra caballo de la Chú Rayo”, “Guadalupe”, “La cueva de los duendes”, “Las doncellitas de Nandayure y Quitapallo”, “Nimboja” y “Jalata”. Y entre otros: “El encanto de la princesa Acal Xiú” que, en las noches de plenilunio con su aurífera cabellera suelta al viento y sus brazos extendidos, como ansiosa de sublimes placeres, divaga con lastimeras quejas sobre las aguas, que se vuelven límpidos cristales reflejándola en su búsqueda del príncipe Quichó (su amante), a quien en una noche semejante de glamour y de ensueños, en un rapto de amor, se lo arrebató el embrujo de la laguna.

Finalmente, cuando irrumpe el alba, baja del pueblo a las aguas “la lavandera”, ninfa lenderiana, bella como la flor del matorral, tanto como la ninfa de la antigua Grecia, que del monte Parnaso bajaba a la fuente Castalia para purificarse; así igual ella… y cuando cae la tarde, sube delicadamente ablusionada, perfumada de zontol y resedos, ¡dejando en las aguas su fragancia de mujer…!

El autor es historiador.