Invitados a ser mansos

Estamos en el siglo veintiuno y todavía los hombres tenemos una asignatura pendiente por aprobar y es la del respeto a la dignidad del otro.

Hemos crecido en poco tiempo en todo lo que es ciencia y tecnología, pero seguimos aplazados en la ciencia del trato al ser humano. El respeto al otro porque es el otro y no porque es de mi color, de mi partido o de mis simpatías políticas sociales o económicas.

Los jefes, en la práctica, no suelen ser muy amigos de sus subordinados. El lenguaje que siempre escuchamos, no es precisamente el más apropiado para enseñar el respeto que nos debemos los ciudadanos entre sí. En el hogar, en la calle, en el trabajo, en los lugares de estudio, siempre está el empeño por imponernos por encima de los demás con actitudes dictatoriales y con faltas de respeto hacia otros.

Sin embargo, continuamente Jesús nos da una gran lección de comportamiento de vida y de convivencia: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 30). La paz, la tranquilidad de la convivencia solo se consigue por el camino de la mansedumbre, como nos lo dice. Nos lo señala porque no es con imposiciones, ni con faltas de respeto a los demás, como vamos a encontrar nuestra paz, nuestro descanso interior, nuestra armonía y la convivencia sana y respetuosa.

Es manso aquel que le tiene un gran respeto al otro, precisamente porque es otro y es incapaz de faltárselo, aún con la más mínima palabra o gesto. No se impone jamás a los demás porque sabe que los otros son tan personas humanas como él y, por tanto, merecen ser tratados con la misma amabilidad y respeto con que él quiere ser tratado.

El manso sabe que no hay tesoro más grande que la persona humana y, por eso mismo, para él, toda persona humana merece la más alta consideración. Así lo hacía Jesús.

El manso es aquel que no solo es incapaz de faltarle el respeto al otro, sino que además se molesta, se siente mal, cuando ve que cualquier persona humana es humillada o maltratada. El primer efecto del amor es inspirar respeto, sentir veneración por quien se ama. Así lo hacía Jesús. Nuestro Padre Dios es manso. Por eso, el profeta Zacarías nos dice que lo propio de nuestro Dios es el respeto a la dignidad de todos que es la fuente de la paz. (Zac. 9, 9-10). El

Señor es “compasivo, misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar” (Sal. 144, 8). Y Jesús es el manso por excelencia. Toda su vida fue una lucha constante por defender el derecho de toda persona humana a ser respetada en su dignidad. Su mansedumbre le llevó a defender esa dignidad y respeto al otro por encima de toda ley (Mc. 3, 1-6), aún del mismo templo (Lc. 10, 25-37). Esto le costó la cruz, impuesta por aquellos que se creían los únicos y despreciaban a los demás.

No es por el camino de las imposiciones ni de las faltas de respeto al otro como vamos a conseguir una vida y una convivencia pacífica, sino a través del respeto y del tratar a los demás “con la misma dignidad con la que nosotros queremos ser tratados” (Mt. 7, 12).