¿Las campanas repicaron o doblaron?

Un día martes, como cualquier otro en el calendario, supe de manera súbita e inesperada, que el General se iba. Era 17 de julio de 1979.

Después de más de 40 años, era posible; cientos de nicaragüenses acariciaban la posibilidad de la ausencia de la familia presidencial. No hubo celebraciones multitudinarias, existía una incrédula y silenciosa confusión, las calles, pavimentadas de incertidumbre, quedaron a la espera.

El Chigüín, a como le llamaba la gente al hijo de “el hombre”, potencial continuador de don Anastasio, le dijo a su padre, al pie del avión que los llevaría a Miami, que él no se iría del país, que militarmente no estaban derrotados.

Era aquel sucesor del caudillo liberal, el jefe de las tropas élite. Finalmente, su padre logró a regañadientes convencerlo, después de asegurarle que moriría junto con cientos de nicaragüenses en una inútil causa, dado que los gringos los habían abandonado. Supe de este inédito pasaje de la historia, 41 años después, por boca del piloto personal de Somoza Portocarrero. 41 años atrás, cumplí 18 al día siguiente, yacía escondido junto a mi hermano

Marcos, un año menor, en la casa de una hermana de mi madre; donde ambas habían calculado que la guardia no nos encontraría.

El jueves 19 de julio, no pasó nada en la capital, se rumoraba que los guerrilleros entrarían a Managua en otra ofensiva; no soporté seguir oculto y caminé al día siguiente 20 de julio, hasta el Colegio Primero de Febrero, donde la Guardia habían dejado abandonadas sus armas y uniformes. Me enganché por encima de la ropa que me vestía, un pantalón caqui y una camisa verde olivo.

Un grupo de prisioneros políticos del régimen que había conseguido escapar de las cárceles, lograron hacer arrancar uno de los buses que hacía el recorrido de los estudiantes de ese centro. Y uno de ellos, gritó: “Vamos hacia Masaya, ahí están todos los guerrilleros con quienes nos reuniremos, para entrar victoriosos a Managua”, arengó. Cuando estábamos cerca de Nindirí, nos topamos con la caravana de combatientes que venían para la capital; teniéndonos que colocar de último. Al llegar al que era entonces el Hotel Intercontinental que tiene forma de pirámide, todo mundo bajó. Y empezaron a quitarles las armas y uniformes a todo lo que les parecía milicia.

Me quité el uniforme y me enredé entre la gente que se dirigía a pie a la plaza de la República, no había muchas personas cuando llegué, me coloqué a la orilla de la Catedral. Y la plaza, se fue gradualmente llenando de civiles y de combatientes, que eufóricos, disparaban al vacío sideral sus armas en señal de victoria. De pronto, había tanta gente, que ya no me era posible mirar más, dada la tachuela que yo era. Solo pude mirar hacia arriba de aquella agrietada Catedral y me decidí subir hasta el campanario, desde donde alcancé tener una vista privilegiada, aquella plaza resultaba ser muy pequeña para albergar tanta alegría, lágrimas y esperanzas juntas. Sintiéndome endeudado por no haber hecho, en mi joven cuenta, lo suficiente con aquella causa, coloqué mi mano sobre un pequeño cordón que se desprendía de una de las campanas. Y repetidamente, la hice sonar, la gente se llenó de tanto júbilo, que los decibeles de algarabía popular llegaron al máximo. Un corresponsal de guerra de la prensa mexicana logró captar ese momento.

Bajé del campanario, dicen que otros chigüines, también se subieron para hacerlas sonar, caminé hasta mi casa, me topé con algunos guerrilleros que visitaban después de mucho tiempo a los suyos, la hija de uno de ellos, dijo al verme pasar: ese que va ahí, era guerrillero, levantó los pedazos de mi tío Jackson Jácamo.

Me di cuenta con el tiempo, que al hacer sonar aquellas campanas, las hice repicar para unos y las hice doblar para otros, invocando con lo último, sin pretenderlo, a Ernest Hemingway. Para quienes las hice repicar, eleve su alegría y regocijo, para quienes las hice doblar, los llevé hasta sus muertos para que los tocaran, a todos por igual, incluso a los soldados de la Guardia, quienes también tenían familia que los lloraran. No logré presentir nunca que aquel conflicto civil entre hermanos se repetiría una y otra vez.

El autor es máster en Administración de Empresas con mención Mercadeo y Finanzas.