Viviendo la tolerancia

Si estamos atentos, nos daremos cuenta de que en nuestro mundo hay mucho trigo y mucha cizaña sembrados. Y es en este mundo nuestro, con trigo y cizaña, tenemos que aprender a vivir, a convivir y a tolerarnos los unos a los otros. No todos pensamos lo mismo y tenemos que respetarnos, aunque seamos y pensemos distinto. No todos enfocamos los problemas bajo los mismos principios; pero sí tenemos que escucharnos y dialogar con respeto buscando juntos el bien común ya que no todos tenemos las mismas creencias. Todos tenemos que respetarnos en ese mundo sagrado e íntimo que llevamos por dentro. Por ello, si queremos vivir y convivir en paz en este mundo tan diverso, tenemos que respetarnos mutuamente.

Tenemos que ser conscientes de que no podemos imponer nuestras ideas, sean políticas, sociales o religiosas, a la fuerza o con violencia, como pretendían los siervos del sembrador con la cizaña (Mt. 13, 28). No es a base de fanatismos, ni violencias o muerte, como en este mundo nuestro, sino con las únicas armas del respeto a todos, aunque seamos diferentes. Si alguien tiene que estar conscientes de todo ello, somos precisamente los creyentes.

Ser tolerante no significa ser indiferente sino ser conscientes de que somos diferentes y respetarnos mutuamente con nuestras diferencias. Ser tolerante no significa que nos dé lo mismo la verdad que la mentira, sino respetar al otro que tiene su verdad, aunque esa verdad sea muy distinta a la nuestra. Es admitir y permitir, en los demás, una manera de ser y de actuar, aunque ese ser y actuar sean distintos a los nuestros. Ser tolerante es aceptar el pluralismo, respetar la diversidad y esforzarnos por comprender que el otro se merece el mismo respeto que yo quiero para mí.

Dios Padre, Jesús su Hijo y el Espíritu del Padre y del Hijo son el espejo a fijarnos para ser verdaderamente tolerantes y convivir como hijos de la libertad. Por eso, nosotros los cristianos no podemos imponer fanáticamente nuestra verdad. La misma historia de la Iglesia, por desgracia, debe saber muy bien las graves consecuencias que ha dejado actuar de esa manera.

Jesús “reprendió” a Santiago y Juan porque quisieron usar la violencia contra los samaritanos que no les recibieron (Lc. 9, 51-55). A quienes querían arrancar de raíz la cizaña que había surgido en el campo sembrado de trigo, Jesús les dijo: “Dejen que ambos crezcan juntos hasta la cosecha”. (Mt. 13, 30). En el huerto de Getsemaní, uno de los que estaban con Jesús, al ver que quisieron prenderle, sacó una espada e hirió a un siervo del sumo sacerdote; pero Jesús se volvió a él y le dijo: “Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen la espada, a espada perecerán” (Mt. 26, 51-53).

Jesús nunca pretendió usar violencia alguna para que le siguieran. Lo propio de nuestro Dios es la tolerancia, como debe ser también lo propio nuestro. “Hagan todo lo posible para vivir en paz con todos” (Rom. 12, 18). Es mucho el camino a recorrer aún para que este mundo nuestro aprenda a vivir con tolerancia.