¿Cuál poder?

Nicaragua debe cambiar y debemos apostar que sea para el bien. Superar la pandemia a pesar de los obstáculos oficiales y la promoción de una suerte de genocidio viral, único en todo el planeta; para el bien en cuanto derrotar la dictadura e iniciar la reconstrucción moral y material del país. Para, a través del bien darnos libertad, justicia y paz definitiva basada en el respeto a la dignidad de los nicaragüenses, para construir una democracia constitucional, recuperar la solidaridad entendida como un mutuo estar unidos y obligados no la clientelar sino la que se basa en la justicia social en un Estado de Derecho. Un Estado y el gobierno al servicio del pueblo, no como instrumentos de dominación, ni la policía ni el ejército al servicio de familia alguna, ni una minoría sobre la mayoría.

Con el orteguismo seguiremos repitiendo el círculo maldito de violencia y atraso, corrupción, exilio político y económico, más pobreza, desengaño y sufrimiento.

¿Qué otra alternativa tenemos los nicaragüenses sino es la unidad para enfrentar la dictadura? Una unidad alrededor de principios y valores democráticos claramente definidos e identificados.

Que no admita ninguna posibilidad de regreso al pasado de dictaduras y que sitúe a la persona humana como el centro y la meta de su accionar. Nunca más “crímenes contra la humanidad” ni flagrantes violaciones a todos los derechos humanos. ¿Entonces qué esperamos para que esto sea el pasado y no un futuro igual o peor? La clave parece estar en tres aspectos: Los antecedentes de algunos políticos; el famoso “síndrome del figureo” y la lucha por “el poder”, que no dejan avanzar más rápidamente la conformación de una alianza opositora capaz de generar confianza en la población, a la vez que configurarse como una eventual alianza opositora electoral.

El síndrome del figureo es consustancial a nuestra genética, solo una transformación educativa y cultural nos permitirá superarlo. La lucha por el poder, ¿!cuál poder!? pasa por entender su naturaleza en nuestro país, en manos del Ejército, el capital y el orteguismo. ¿Tiene el pueblo el poder? No, de eso se trata, devolvérselo para que mediante su voto escoja a sus gobernantes.

Que entendamos que aquí ya no hay nada que repartirse, nada que “piñatear”, que esta Nicaragua y sus condiciones socioeconómicas requieren y demandan un liderazgo honrado, que deberá sacrificarse en beneficio de los más necesitados. La corrupción, el latrocinio, el tráfico de influencias, el nepotismo para el enriquecimiento ilícito de hijos y familiares; el narcotráfico y sus millonarios recursos con destino incógnito deberán acabarse. Se trata entonces no de reformar ni de rehabilitar sino de construir un nuevo Estado y una democracia que sean irreversibles.

El autor es miembro del CEN del Partido Ciudadanos por la Libertad.