Un discurso difuso

Tras un récord de 39 días de prolongada ausencia, Ortega reapareció el domingo pasado para conmemorar el 41 aniversario de la revolución en un escenario saturado de luces y esoterismo, dedicando el 90 por ciento de su discurso difuso de más de una hora, a abordar el tema de la pandemia, tanto así, que más bien parecía un ministro de Salud.

El eje central de su mensaje fue: aquí estamos unidos, enfrentando la pandemia y las sanciones del imperio y si nos vamos a hundir, nos hundiremos todos. No hubo mención de la salida de la crisis nacional que pasa por un proceso de elecciones libres, transparentes y observadas. No hubo mención de reformas electorales que ha venido demandando la oposición interna y la comunidad internacional.

El principal objetivo del discurso fue evadir responsabilidad y en todo caso minimizar la pandemia del Covid-19, atribuyéndose incluso en su combate, un éxito imaginario, que contrasta con la realidad de los cementerios y hospitales. Con estadísticas en mano, Ortega reveló que los suicidios y accidentes de tránsito causan más muertes que el coronavirus en Nicaragua y que en otros países, incluso los más ricos del planeta, las cosas están mucho peor que aquí.

Una contradicción con el hecho de que él y su esposa se mantengan en un aislamiento prolongado y que al reaparecer en público lo hayan hecho con mascarillas y con severas medidas de distanciamiento social, lo que irónicamente no han pedido ni recomendado a la población en general, ni al personal médico.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua el significado de difuso es “que carece de claridad o se percibe de esta forma, generalmente por estar lejos o por ser muy extenso”. Ortega habló mucho, pero dijo poco.

Uno esperaría que un presidente de un país sumido en una profunda recesión económica, derivada de la crisis sociopolítica del 2018 y agravada en el 2020 por la pandemia, anuncie algo trascendental en tan esperado mensaje a la nación. Un plan para salvar a la nación del abismo, un plan nacional para combatir la pandemia, un plan que al menos diera esperanzas al pueblo de que las cosas van a mejorar, pero lamentablemente, no fue así.

Fue un discurso sin sustancia y aburrido, lleno de números y estadísticas vacías, lo único que brilló fueron las luces y las espectaculares tomas aéreas del escenario, donde sobresalía el monumental pentagrama, que más bien parecía un rito a la iglesia de Satán. Cualquier cosa que ello signifique, no es nada bueno ni para los cristianos ni para el derroche presupuestario que implica toda esa parafernalia, incluyendo la extravagante campana recién inaugurada.

Seguramente para eso necesitan recaudar los 150 dólares por prueba de Covid-19.

El autor es exministro y exdiputado.