Denle ustedes de comer

¡Parece mentira…! ¡Ya estamos en el siglo XXI, con todos sus avances y conocimientos! Por lo tanto, nadie debería de estar pasando hambre y faltarle trabajo, que es el medio más digno de comer el pan con orgullo. Sin embargo, muchos en este mundo viven sin darse cuenta que seres humanos, hermanos nuestros, tienen amenazadas sus vidas porque les falta lo más esencial para poder subsistir.

Son muchos los que pasan hambre; muchos los que no tienen trabajo por la crisis; muchos los que ha caído en el alcohol y las drogas; muchos los que han perdido el sentido de la vida… Este es un problema que nos afecta a todos porque somos humanos y todo lo humano debería afectarnos. Hemos venido a este mundo como hermanos.

Caminemos, pues, dándonos la mano. Esta es la gran lección que Jesús nos quiere dar al realizar el milagro de los panes y de los peces (Mt. 14, 13-21).

La mayoría de las veces, al leer y comentar el milagro que hizo Jesús multiplicando los panes y los peces, nos quedamos en el milagro en sí mismo, en el gran poder y bondad de Jesús al dar de comer a tanta gente con tan poco pan. Pero la realidad es que poco nos fijamos en la gran lección que Jesús quiere darnos a todos. No tenemos que esperar el milagro del cielo para arreglar el problema de la falta de pan a tanta gente; somos nosotros mismos los que tenemos que llevar a cabo este milagro para que a nadie le falte el pan. Por eso, le dice Jesús a sus discípulos: “Denles ustedes de comer” (Mt. 14, 16), y luego les pide que partan y repartan a la gente esos pocos panes que poseen: “Cinco panes y dos peces” (Mt. 14, 20).

Cuando partimos y repartimos el pan, sentimos gran alegría de ver cómo todos comen y hasta sobra (Mt. 14, 20). Sí compartes tu pan, te gustará más. Tu felicidad aumentará sí la compartes con otros y no podemos seguir pensando y actuando como pretendían los discípulos de Jesús: “Despide a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida” (Mt. 14, 15). Lo nuestro es actuar como Jesús le dijo a los suyos: “Denles ustedes de comer” (Mt. 14, 16).

Tengamos presente que muchos pocos hacen un mucho. Ya que donde la solidaridad se hace presente en la vida, allí surgen los grandes valores del amor, del compartir, de la generosidad, de la cooperación, de la sensibilidad ante el sufrimiento humano.

No se trata de tener mucho para poder compartir con quienes necesitan. Se trata de ser solidarios y hacer efectivo en nosotros aquello que San Pablo dice: “En todo les he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús que dijo: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”. (Hch. 20, 35). Dar de comer, como nos dice Jesús, significa que sin solidaridad nunca las sociedades van a cambiar. No podemos hacernos sordos ante la gente que pasa necesidad. El pan compartido y repartido sabe mucho mejor. No hay bien alguno que nos deleite, si no lo compartimos.

El autor es sacerdote católico.