El calvario de Elea Valle: sigue pidiendo los cuerpos de sus hijos y esposo asesinados por el Ejército

Han pasado dos años y medio desde la masacre de sus familiares y Elea Valle sigue reclamando los cuerpos de sus hijos y esposo para darles una sepultura adecuada. Desde que los perdió, ella y sus tres hijos que le quedaron vivos andan huyendo de la dictadura y del Ejército.

El 12 de noviembre de 2017 fue un día funesto para Elea Valle, una campesina, menuda y morena, de La Cruz de Río Grande y que hoy tiene 40 años de edad. Ese día le cambió la vida para siempre. Por la noche se enteró a través de una llamada telefónica que el Ejército le asesinó a su esposo y a sus dos hijos mayores.

Inició entonces la lucha de Valle por rescatar los cuerpos de sus seres queridos, que fueron enterrados en una fosa común, en el mismo lugar donde fueron torturados y acribillados, en una comunidad llamada San Pablo 22, siempre en La Cruz de Río Grande.

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Valle denunció hasta la saciedad, a nivel nacional e internacional, lo ocurrido con sus familiares, especialmente con sus hijos, Yojeisel Elízabeth, de 16 años y Francisco Alexander, de 12, quienes había llegado un día antes a esa zona en busca de su progenitor, Francisco Pérez, conocido como el Charrito. A los tres el Ejército los acusó de andar armados cometiendo delitos.

Yojeisel Elízabeth Pérez Valle, de 16 años de edad, y su hermano Francisco Alexander, de 12, muertos a manos del Ejército de Nicaragua. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN

El apoyo moral a Valle fue grande. El hecho causó indignación entre los nicaragüenses, quienes a través de las noticias se han enterado de cómo el Ejército, desde el 2009, cuando Daniel Ortega estaba de regreso en el poder, ha matado campesinos alegando que son rearmados.

Las protestas cívicas de abril de 2018, contra unas lesivas reformas al Seguro Social, que Ortega reprimió usando paramilitares y armas de guerra, causando la muerte de más de 300 nicaragüenses, opacaron de alguna manera la lucha de Elea Valle por alcanzar justicia.

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Valle se sintió abandonada a partir de entonces, pero muy pronto comprendió la situación al ver en las noticias a otras madres llorando por la pérdida de sus hijos. “Fue duro para mí ver a las madres sentir dolor, como yo lo sentí. Yo me lloraba con ellas”, dice Valle, con su sencilla forma de hablar.

El éxodo

Elea Valle siempre había vivido en una casa con “piso natural”, de tierra. No conocía una casa con piso de ladrillos o embaldosado. Siempre viviendo en las montañas, nunca en la ciudad.

Cuando le mataron a sus parientes, ella vivía en un rancho de madera, en una comunidad que se llama San Antonio, acostumbrada a que el vecino más cercano lo tiene “ahí nomasito”, pero que para un managua eso puede significar más de media hora de camino.

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Hasta esa comunidad la llegaron a buscar, tras el crimen, los entonces personeros del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), Gonzalo Carrión y Guillermo Cortés, quienes la apoyaron para llegar hasta Managua a denunciar los hechos.

Elea Valle acompañada por el CENIDH llevó el pasado diciembre de 2017 una carta a la Policia donde refuta el informe de esta institucion en el que llaman a sus hijos delincuentes. LA PRENSA/Archivo

En Managua varias personas la alojaron, conmovidas por la tragedia de Valle. A sus tres hijos que le quedaron vivos también los alojaron en otras casas, a veces donde algunos familiares, a veces donde desconocidos. Valle ya no quiso regresar a su propiedad. La perdió.

Ella tenía miedo de regresar. La soledad de la montaña, que tanta tranquilidad le daba, se le tornó angustiante, peligrosa, amenazante, con las tropas del Ejército y de la Policía merodeando la zona. “En la montaña estaba sola. Me llené de miedo. Ya no puedo vivir en la montaña”, dice Valle.

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Tras pasar algún tiempo en Managua, sin que las autoridades le dieran respuesta de entregarle el cuerpo de su marido y de sus dos hijos, Valle regresó al Caribe Sur. Pero inició una especie de éxodo porque sin poder regresar a su casa tuvo que comenzar a alquilar en un lugar poblado, en un “pueblo” le llama ella, donde tuviera vecinos que al menos atestiguaran si a ella le pasaba algo.

“En una casa no vivo mucho tiempo. Siempre veo por las noches a personas que me rodean la casa. A veces me golpean las puertas. Cuando ya veo eso, cambio de lugar. Lo más que he vivido en una casa ha sido un mes y medio”, dice Valle, quien en los últimos dos años y medio calcula que ha posado en más de 15 casas rentadas. Siempre en los alrededores. No se va muy lejos.

La situación se le agrava porque no tiene empleo. Se gana la vida lavando y planchando ropa ajena, o ayudando en pulperías o tiendas.

La casa donde vive actualmente es “minifalda”. En la parte baja de concreto y arriba de madera, con techo de zinc. Piso de ladrillos. Tiene vecinos. Todavía no cumple el mes de estar ahí. “Por favor no escriba donde vivo, corro peligro”, le pide a la revista DOMINGO.

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La renta le cuesta mil córdobas mensuales, una cantidad de dinero bastante “grande” para ella, puesto que tiene tres hijos a los cuales alimentar y vestir. Aparte paga agua y luz. La dueña de la casa le dijo que el recibo de agua llega de 180 córdobas normalmente, pero le llegó solo de 80. Ella suspiró aliviada. El de la energía eléctrica aún no le llega, pero está expectante porque ese es el más caro, le dijeron. Y como ahorita mucha gente está reclamando por lo alterado que salen los recibos, doña Elea ya no halla la hora de saber cuánto será el monto.

La familia

Ella tenía 17 años y él 23 cuando se casaron “de velo y corona”. Procrearon cinco hijos. Él vivía trabajando en el campo. Cuando lo mataron junto a sus dos hijos mayores, él hacía unos tres años que había comprado dos manzanas y media de tierra, en 10 mil córdobas, pero ya no las pudo trabajar porque luego se fue a la montaña, amenazado por el Ejército, y para acompañar a su hermano Rafael Pérez, el Colocho.

Valle recuerda que sus dos primeros hijos ella los parió con ayuda de parteras, pero a los últimos tres los dio a luz solo con la ayuda de su marido. “Él me asistió. Me daba remedios cocidos. Cuando nacían los niños él les cortaba el ombligo y después los bañaba”, afirma la mujer.

Elea Valle durante una marcha en noviembre de 2017. LA PRENSA/Archivo

Además, Francisco Pérez trabajaba activamente en la iglesia evangélica de la comunidad. Era el presidente de música. Le correspondía limpiar las guitarras y prepararlas para los cultos. También era diácono y hacía visitas con el pastor.

La niña Yojeisel Elízabeth era una gran ayuda para su madre, especialmente en los últimos meses de su vida, cuando su madre estuvo muy enferma, con problemas en la vesícula que le provocaban fuertes dolores en la cintura e intensos dolores de cabeza, la muchacha iba a lavar y a planchar en lugar de su madre.

Francisco Alexander también era pilar del hogar. Todos los días salía con un machete a trabajar y regresaba con al menos 100 córdobas a su casa. Con eso, la mamá se ayudaba para alimentar a toda la familia, que la completan los tres niños menores, Heyling, Juan José y Eliel Misael, los cuales en la actualidad tienen 13, 11 y 7 años de edad, respectivamente.

El cuadro de pobreza de la familia no podía ser peor. Elea Valle logró cursar el segundo grado de primaria. No sabe leer ni escribir, aunque sí sabe contar. Pero sus hijos, tanto los dos grandes como los tres pequeños, corrieron peor suerte que ella. Ninguno ha tenido la oportunidad de pisar, aunque sea por un día, el aula de una escuela.

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Tras el crimen, la familia se redujo solo a Valle y sus tres hijos menores. “Mi vida quedó destrozada. No olvido la muerte de mis hijos”, dice, recordando constantemente aquella noche del 13 de noviembre de 2017 cuando llegó al lugar donde habían matado a sus hijos y solo la esperaban a ella para enterrarlos en una fosa común por orden del Ejército. Tenían señales de haber sido torturados. “No se me olvidan mis criaturas”, expresa con dolor.

El corazón se le compunge más cuando por la televisión o la radio escucha hablar a Daniel Ortega o a Rosario Murillo. “Eso me da maleza estarlos viendo. Cuando yo los veo, yo mejor me quito. Me cae como purgante estarles viendo la cara. Me hace hasta lo último el corazón. Mis hijos muertos y él hablando muy tranquilo con la vieja bruja.

Me da amargura en el corazón. Apago el televisor”, dice Valle con rabia.

Cuando ocurrió el levantamiento de abril de 2018, Valle se encerraba en un cuarto a llorar. No soportaba ver a otras madres llorando las muertes de sus hijos. “Esas madres eran como mi familia”, dice Valle, aunque no las conoce.
Los hijos pequeños también han sufrido el impacto del asesinato de sus familiares. Por las noches se levantan llorando y dicen que han soñado con su padre, que llega a saludarlos. La madre se levanta y llora con ellos.

Al principio, los niños se levantaban y desesperados preguntaban por sus hermanos también. “¿Dónde están? Queremos verlos”, decían. Valle no sabía qué responderles. Con el dolor propio encima, no hallaba cómo consolar a sus hijos.

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El menor de ellos es un caso particular. Eliel Misael tiene la cabeza pequeña y, cuando estando en Managua lo llevaron a Los Pipitos, le dijeron que el niño no tiene el cerebro completo. No habla. Es bien inocente.

“Mi hijo no sabe que un carro lo puede atropellar. Hay que andarlo de la mano”, dice Valle.

A Eliel Misael le da por gritar mucho y también por brincar con insistencia. A veces, eso no es tolerable para los dueños de las casas donde Valle ha tenido que alquilar un cuarto en los últimos dos años y medio.

La madre lo sufre. “Deseo que lo veo un especialista, a ver qué se puede hacer”, anhela Valle.

Justicia

Una llamada, una carta, una palabra. Nada de eso ha recibido Elea Valle de parte de las autoridades. A pesar de que ella tanto ha pedido que le regresen los cuerpos de sus familiares para “darles cristiana sepultura”.

El caso de Valle es conocido también a nivel internacional.

Ella dice que quisiera que alguien la acompañe adonde están enterrados los cuerpos, en una fosa común. El viaje es muy lejos y también muy peligroso para ella sola.

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Valle ha perdido el contacto las personas que le avisaron del crimen de su esposo y sus hijos porque ha tenido que cambiar varias veces de chip dado que la llaman personas desconocidas y a ella le da temor que sean “infiltradas”.

La última amenaza que sintió fue en la madrugada del pasado 19 de julio, cuando los orteguistas celebran el triunfo de la revolución. Como a las 2:00 de la madrugada dos hombres le golpearon la puerta. Ella se asomó y los vio. Temblaba de miedo. Desde entonces se acuesta a las 5:00 de la tarde.

En ocasiones, la gente le pregunta: “¿Vos sos la mujer que te mataron tus hijos y tu marido?” Ella responde que no, que su marido murió de enfermedad. “No puedo andar diciendo nada, no sé quién podría quererme para algo malo”, explica.

Elea Valle está ahí, en algún lugar del Caribe Sur. Sigue pidiendo justicia. Un retrato de lo que ha pasado con muchos nicaragüenses desde que existen las dictaduras. Para Elea Valle comenzó el día que dejó ir a sus hijos en busca de su padre, a pedirle dinero para que tal vez pudieran estudiar en el 2018.

Los hechos

El viernes 10 de noviembre de 2017, durante el amanecer, los dos hijos mayores de Elea Valle emprendieron el camino en busca de su padre. Se fueron a pie. El viaje duró dos días.

Por la tarde de ese viernes, sus hijos llamaron a Valle. “Vamos en camino, mamá”, le dijo Yojeisel Elízabeth.
A las 6:00 de la tarde de ese mismo día la volvieron a llamar. “Mamá, ya se nos hizo noche. Nos vamos a quedar en una casa”, le dijeron. Al día siguiente, sábado por la mañana, la volvieron a llamar. “Vamos en camino, mamá”.

A las 5:00 de la tarde del sábado la llamaron nuevamente. “Ya estamos en el punto, mamá”. Elea Valle escuchó la alegría de sus hijos por ver a su padre después de dos años. “Ellos se regocijaron, se emocionaron. Me dijeron que se iban a quedar con su padre esa noche, para conversar con él y que al día siguiente me iban a llamar a las 6:00 de la mañana”, recuerda Valle.

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La niña llevaba un teléfono celular barato, pero estando con el papá se les acercó un hombre vendiéndoles uno de mejor calidad. Francisco Pérez le compró el aparato a su hija. “Mi papá me compró un celular. Está bonito, es táctil”, le contó la muchacha a su mamá.

Lo último que Valle habló con sus hijos es que esa noche dormirían con su papá y que al día siguiente a las 6:00 de la mañana la iban a llamar cuando emprendieran el viaje de regreso. Además, le dijeron que tenían bien cargado el teléfono celular. Valle no supo cuánto dinero le dio su marido a los muchachos, ni qué más hablaron.

A la mañana siguiente, Valle llamó a sus hijos. Lo hizo varias veces, pero solo le salía el buzón de voz. Los intentos no cesaron en el resto del día. Era el domingo 12 de noviembre. Una amiga la invitó a una promoción, a la cual Valle no quería ir porque estaba preocupada por sus hijos. ¿Los habían asaltado en el camino para quitarles el dinero que les había dado su papá? ¿Los habrán matado? Esos eran los pensamientos de Valle. Fue a la promoción, pero no estuvo tranquila.

A las 7:00 de la noche de ese domingo recibió una llamada telefónica. Era un amigo de la comarca adonde habían ido sus hijos.

—Mirá madre, me pesa decírtelo, pero ha pasado algo.

—¿Qué pasó? —respondió Valle pensando en sus hijos.

—Fijate madre que están las bullas, yo no digo que sea cierto, pero están los rumores que asesinaron a tus hijos, junto con el papá. Mirá madre, ¿para qué mandaste a tus hijos?

Elea Valle ya no siguió escuchando. Pegó un grito y salió corriendo. Quería tomar el camino por donde sus hijos se habían ido. Pero la gente que estaba cerca de ella la agarró de la cintura y la ayudaron a calmarse.

Después hicieron otras llamadas y otras personas confirmaron la muerte de los niños y del esposo.

A las 4.00 de la mañana del pasado lunes 13 de noviembre, Valle salió de su casa y emprendió el camino en busca de sus hijos. Le acompañaban su hijo de ocho años de edad y una sobrina de su marido. Por momentos viajó a pie y durante la travesía abordó dos buses.

Por la tarde la llamaron para decirle que el Ejército había dado la orden de que enterraran los cuerpos, pero ella rogó que todavía no lo hicieran, pues quería ver a sus hijos.

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A las 5:00 de la tarde llegó a un punto en donde unas 20 personas montadas en bestia la estaban esperando con un animal también para ella. Como a las 7:00 de la noche llegó donde estaban los cadáveres. Fue cuando en su desesperación se quiso matar y le metió las espuelas a la bestia.

Cuando llegó junto a los cuerpos de sus hijos, Valle vio que al varoncito le habían apuñalado los costados, uno de los brazos y la mano izquierda. También tenía balazos en el pecho. De largo vio al esposo y se fijó que tenía un hueco en la cabeza y que no estaban los sesos. El cuñado de ella, Colocho, tenía quemado el rostro, el pecho y los brazos. Y a su hija, su niña, las personas del lugar le dijeron que la habían violado, que la habían colgado de un árbol y la habían desnucado.