Vuelos espaciales y racismo en EE.UU.

Recuerdo haber estado sentado en mi pupitre en 3er. grado de primaria cuando la maestra encendió el televisor, de esos que cada aula tenía en mi escuela de Miami, para ver el lanzamiento del primer trasbordador espacial, el Columbia, en 1981.

Nunca he olvidado cómo esa nave espacial con forma de avión “volaba” al espacio, para el asombro de mis compañeros y mío, dando inicio a un nuevo capítulo en la historia de la humanidad, el de la exploración espacial en naves reutilizables que Estados Unidos estrenaba ese día.

Hace poco, al igual que en 1981, EE. UU. de nuevo abrió otro capítulo histórico en la exploración espacial humana…

En este caso, el de empresas privadas que ahorran millones de dólares al hacer viajes orbitales tripulados que son financiados con recursos federales asignados a través de la NASA. Pero, como casi todo lo relacionado a los EE. UU., el hito histórico del lanzamiento de SpaceX se dio en medio de una coyuntura llena de ironía, en donde lo nuevo y esperanzador contrasta con los resabios del pasado, dejando ver heridas que aún permanecen abiertas para una parte de la sociedad.

Así, lo que debió ser una celebración nacional para ese país fue eclipsado por las protestas y los saqueos como resultado de la muerte injustificada de un hombre afroamericano debido a una maniobra temeraria de parte de un policía blanco. Claro, habrá quienes interpreten esto anterior como un hecho aislado, pero no así las minorías en EE. UU. (de las cuales formé parte como latino cuando viví allá), para quienes sus vidas desde la niñez están marcadas por tener que soportar una y otra vez este tipo de hechos “aislados”.

Por supuesto que estoy consciente de que ese gran país es el de las oportunidades, que la mayoría de la población no es prejuiciosa y, sobre todo, que debemos tener la fortaleza de carácter para no dejar que lo peor que puede albergar en su corazón una persona determine la vida de otra. Pero lamentablemente, si bien es cierto que las minorías están libres de las cadenas de la esclavitud, debemos dejarnos de toda ingenuidad y reconocer que esas mismas minorías aún permanecen presas del racismo asesino que una parte de la sociedad ha cultivado toda su vida. Ese, y solo ese, puede ser el primer paso para la erradicación de esa ruin enfermedad que ha perseguido a innumerables generaciones que han sido victimizadas por el color de su piel.

Quizás la actual campaña presidencial en EE. UU. sea la nave propicia para traer un cambio verdadero, incluso más profundo que el que impulsó Lyndon Johnson con la firma de la Ley de Derechos Civiles de 1964; esta vez de la mano de otro demócrata, un hombre blanco que tuvo la humildad de servir como vicepresidente del primer presidente afroamericano de la historia.