Después de Ortega, ¿qué?

Es más fácil culpar a Daniel Ortega de todos los males que aqueja a nuestra sociedad, que asumir cierta cuota de responsabilidad ciudadana. Quizás Ortega solo sea el chivo expiatorio que necesitamos para justificar nuestra falta histórica de interés en la participación de los debates políticos, pues para muchos, resulta más fácil condenar y hacer juicios de valor desde las redes sociales, que reconocer que fuimos idiotas.

Es posible que el adjetivo idiota, sea peyorativo u ofensivo. Pero el origen de esta palabra pertenece al griego (idiotes), y no, no significa persona falta de inteligencia, sino que era usado para referirse a los ciudadanos de la joven democracia de Atenas, que solían estar alejados del debate público y se dedicaban únicamente a asuntos privados.

Dedicarse exclusivamente a asuntos personales, era una de las peores condenas y oprobios al que podía enfrentarse cualquier ciudadano griego de aquel entonces, pues darle la espalda a los asuntos públicos que afectarán, tarde o temprano su vida privada, es una irresponsabilidad ciudadana que, finalmente le impedirá quejarse, cuando las circunstancias le sean adversas.

Daniel Ortega, no es solamente ese anciano decrépito y enfermo que se esconde en El Carmen. Quizás Ortega representa el lado más oscuro y siniestro del nicaragüense, es la construcción de años de conformismo, egoísmo, corrupción, auto exclusión, indiferencia, odio y resentimiento de nuestra sociedad. No sería la primera vez que construimos un dictador. La historia de Nicaragua está escrita en sangre, una lucha interminable por el poder, el caudillo, golpes de Estado, traiciones, guerras civiles y demás.

Ayer fue Somoza, hoy es Ortega, mañana Chico, Pancho, en fin, el nombre del dictador seguirá cambiando, porque al parecer seguiremos construyendo más Ortegas, pues no terminamos de entender, que el cambio en el país es un oficio que nos pertenece únicamente a nosotros, reinventarnos y mejorar, o esperar que el próximo dictador tome las riendas del país. El dictador de turno solo es el tumor, mas no la enfermedad, hay un cáncer silencioso que arrastramos desde que somos nación.

¿Acaso nosotros no somos también parte del problema? ¿Qué estamos haciendo mal para seguir construyendo dictadores cada tanto tiempo? Personalmente siento una profunda vergüenza haber disfrutado de una preparación profesional, ocupándome de mis asuntos y dando la espalda por mucho tiempo al debate político.

Esperar que un “mesías” venga a salvarnos, es un riesgo que no nos podemos permitir. ¿Confiaremos en que esta vez, el nuevo presidente sí nos herede una nueva república? ¿O asumiremos nuestra responsabilidad e incluirnos, aportar, discutir y debatir, para que esta vez no actuemos como los idiotas de la antigua Grecia?

El autor es periodista y comentarista político.