Historia desnuda de Nicaragua mía

¿A quién corresponderá contar la historia desnuda de nuestra patria, sin miedos, titubeos, eufemismos ni digresiones?; ¿quién será fiel a esta noble labor?

El pueblo aguarda como fiera íbera salvaje y amarrada que a la menor oportunidad se suelta desbocada y dando rienda suelta a emociones y frustraciones acumuladas saltará la barda que le mantiene cautivo y no se detendrá hasta llegar al manantial que saciará su sed de democracia auténtica con las insondables historias que nuestra patria aguarda a contar y cuyos únicos testigos fiables son los humildes abuelitos de los pueblos olvidados.

¿Qué historia digerirán las futuras generaciones? La pluma sincera viste a la historia con la tela que se ajusta a la verdad de su cuerpo.

Fiel a la evidencia cuenta los hechos tal cual y si una lonja se nota en su vestido, ¡pues que se note!

No ha lugar a los apretados corsets que disimulan la realidad de su anatomía. Todas las arrugas, cicatrices, arañazos y quebraduras al igual que las flechas y balas se notan en su andar, lento, doloroso, pesado y estrujado por el implacable tiempo sobre el que se construye en heridas abiertas por la injusticia, infectadas de dolor, sin remedio ni bergamota alguna que le llegue.

A pesar de ello, la realidad de la radiografía que esta pluma se atreve a imprimir ofrece la esperanza de un diagnóstico acertado para guía de nuestra juventud, que anhela una ciudadanía y civismo de mejor calidad en nuestro país.

A contrario sensu, la pluma que sesga y tuerce la tela de la historia, al igual que las palabras que envenenan el oído ciudadano, develan al Caín que la empuña cual filosa navaja que hiere con la mano izquierda, sin importar que a borbollones se desangre su hermano nicaragüense.

Esa pluma ignominiosa e inicua cuya proterva tinta roja y negra ha teñido y manchado las páginas de nuestra historia, hoy igual que ayer llena las estanterías de librerías y universidades con diarios y panfletos, utilizando arengas y anticuadas consignas tropicalizadas propias de revoluciones ajenas, obsoletas, anacrónicas y fracasadas.

Mas no podrán ya nunca más limpiar sus manos curtidas de sangre.

Desde sus inicios, la pluma traidora de la patria nos inunda con perversa creatividad, vendiendo el pastiche de una revolución pletórica desde el principio de mercenarios, de vulgo zafio y empresarios ambiciosos y sin escrúpulos que no les importó, ni les importa ahora prostituirse por favores y concesiones, sucumbiendo con fragilidad a la acostumbrada francachela, la pompa hueca y el estrafalario ornato de un dizque pensamiento político con brillos evidentemente satánicos.

Los hemos visto que no tienen reparo en su conciencia para sentarse y beber juntos, corean sus consignas y aseguran con licenciosa complicidad el bon vivant de élites y políticos corruptos.

Ayer como hoy, las nuevas generaciones merecen escritores, historiadores, filósofos y críticos que honren la palabra ante el ciudadano con el valor de desenfundar una pluma cuya tinta brille con la razón y la verdad y que, con estilo propio, sus palabras se revelen libres de la mentira, de la hipocresía y de compromisos políticos mezquinos y que objetiva y decididamente digan con claridad y transparencia las cosas como ocurrieron, sin soslayar las interrogantes que deben ser satisfechas en aras de la paz y la justicia.

Sé que los hay, los he leído, pero faltan más, muchos más.

¡Hasta cuándo, oh Señor!

Hasta cuándo podremos despojarnos de las cadenas que nos atan al miedo y al temor de lastimar susceptibilidades y decir la verdad, cruda y sin aderezos, recordando siempre lo que nos dijo nuestro Señor: “Por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado”. (Mt, 12, 37).

La autora es abogada y notaria pública.
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