Zona de Strikes: ¿Qué ha sido lo peor en Series Finales?

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Las Finales no son para todo mundo. Exponen al jugador y lo enmarcan dentro de los innumerables dramas humanos, desde la fragilidad al heroísmo, pasando por el gozo o la asfixia angustiante.

El drama es enorme porque está en juego el honor, la historia y la consecución de una meta que obliga un compromiso total y no hay margen para el error. Y eso exige habilidad y también agallas.

A veces es asunto de mala fortuna, presión o nervios de esos que paralizan, pero hay muchos peloteros que brillan en la fase regular y luego se apagan en las Finales. Hay también otros al revés, pasan inadvertidos en la temporada y se vuelven héroes en las batallas decisivas.

“Al menos a mí, las Finales me transformaban”, asegura Oswaldo Mairena, quien pasaba de cifras discretas en la etapa regular, a impactar en playoffs, tanto que tiene registro de 9-2 y 2.55, con tres juegos salvamentos en 53 innings con 40 ponches solo en Series Finales.

Mairena asegura que para él todo cambiaba: velocidad, actitud y compromiso. Todo era mayor en una Final, hasta los fanáticos y sus gritos se escuchan más cerca. “Sentís un peso en la espalda y eso termina por afectar a muchos jugadores que son muy buenos”, explica.

Y justo ahí pueden pasar dos cosas: te arrugás por el peso del compromiso o usás esa presión para crecer en medio de un contexto que ahoga a muchos. Mairena se elevaba más allá de su estatura y se volvía un monstruo, al igual que Julio Moya, Antonio Chévez, Sergio Lacayo y otros.

“La adrenalina se dispara, hay mucha emoción y eso se estabiliza solo a base concentración. Ahí uno tiene que echar mano de su coraje, porque el jugador puede tener tiene talento, habilidad, pero la presión lo paraliza. Entonces uno tiene que ser valiente en esos casos”, afirma.

Torres perdió cuatro veces en 1980

Nunca sabremos lo que ocurrió de fondo, pero por ejemplo, en 1980, Andrés Torres, un magnífico lanzador leonés con marca de 96-73 y 2.83 en su carrera, venía de un gran año: 13-6 y 1.29 en 140 innings, pero perdió cuatro veces en la Final ante Rivas, que era a nueve juegos, de acuerdo con los detalles de Martín Ruiz Borge.

Esa Final se resolvió en siete partidos, porque el Frente Sur de Gustavo Quinado se impuso 5-2 a los Leones de Noel Areas. Es decir, Andrés, el bigotón de Los Lechecuagos y dueño del récord de 203 ponches en su momento, fue el perdedor en cuatro de las cinco derrotas melenudas.

Estuvo tan desafortunado Torres en esa Final, que además admitió cinco jonrones a la artillería del Frente Sur. Su balance de 3-8 en Finales, lo sitúa junto a Julio Raudez, con 4-8, como los más perdedores en esa instancia. Luis Cano y Julio Juárez, perdieron siete veces.

Ese mismo año, Alberto Marín, del Frente Sur, se ponchó diez veces en la Final, una exageración. Danilo Sotelo hijo lo empató en 2006 con el Matagalpa. Y mientras Sandy Moreno de los Dantos, robó siete bases en 1991 ante Chinandega, a Sotelito lo atraparon cuatro veces en 2001 con León.

El cubano Alberto Torres Chacón, del Bóer, dio 22 bases por bolas en la Final de 1997, incluyendo ocho en un juego, ante León. Freddy Corea, del San Fernando, propinó seis golpes en 1995 contra el Bóer y Jess McCoy, curvista de la Costa, cometió siete wild pitches en 1988 frente a los Dantos.

En la Final de 1993 entre Granada y San Fernando, ganada por los Tiburones, Ernesto López, el símbolo del jonrón a nivel nacional, bateó cuatro veces para doble play, mientras Ángel Enrique Romero del Chinandega, cometió cuatro errores en un juego en 1989 contra la Costa, nivelando un registro impuesto por Orlando Mejía del San Fernando en 1973.

De manera que así como hay impactos en Finales, hay también desempeños que no llenan de orgullo a sus protagonistas, pero son parte de la historia, porque el juego es como la vida: no siempre se gana, aunque nunca hay que dejar desplegar el mejor esfuerzo.

Edgard Rodríguez está en Twitter: @EdgardR