Condenación

A las 11:00 a.m. del pasado 31 de julio, alguien, entrenado y fanatizado por las tenebrosas fuerzas del mal, lanzó una bomba en la capilla de la Sangre de Cristo ubicada en la Catedral de Managua; como consecuencia, la venerada imagen quedó calcinada, destruida la urna que la protegía y otros daños en el piso y paredes.

Al poco tiempo de ocurrido el atentado, la señora vicepresidenta daba declaraciones diciendo que el incendio se había producido porque los fieles dejan velas encendidas y por un descuido tomaron fuego las cortinas, quemándose la venerada imagen de la Sangre de Cristo.

La adelantada declaración de la señora Murillo tuvo ventajas, ya que permitió contestar a su eminencia, cardenal Leopoldo Brenes, quien negó enfáticamente lo aseverado por aquella, ya que en la capilla no se permiten veladoras y tampoco existen cortinas. Afirmó en tono claro, que se trataba de un “acto terrorista planificado, que lo que se pretende es amedrentar a la Iglesia en su misión evangelizadora”.

Aparte, la reacción de la Iglesia fue pedir a los fieles orar, perdonar y ayunar, actitud que es propia la Iglesia, ya que practica la doctrina de la misericordia, base del cristianismo. Pero no olvidemos que no hay perdón sin previo arrepentimiento, que la oración es la base y fundamento de la fe y que, con respecto al ayuno, Isaías 58-1, dice: “Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta y anuncia a mi pueblo su rebelión y a la casa de Jacob su pecado”… En 58-6 enseña: “¿Es tal el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?”.

El ataque terrorista es creíble, ya que ha sido precedido por otros de la misma naturaleza. Desde que en 1991 dijo el presidente Ortega que “gobernaría desde abajo”, fueron “incontables las muertes y daños”; en 1995 se produjeron 12 ataques contra la Iglesia católica y en el pasado año, cuando se acusó a los obispos de golpistas, hubo diversos ataques a templos y se atentó físicamente hasta contra los obispos y el propio cardenal, hecho ocurrido en el templo de San Sebastián de Diriamba; el ataque a balazos al altar mayor de la Iglesia de la Divina Misericordia, o el rompimiento con un vehículo de los portones de la catedral, que más pareciera un acto preparatorio, del acto sacrílego que hoy condenamos.

No es bueno atacar a la Iglesia de Cristo. Cuando el actual presidente atacó a la Iglesia y al cardenal Obando, este contestó con la parábola de la serpiente que costó a Ortega la presidencia de la República.

El autor es abogado.