Jesús muere por segunda vez

Ahora en el año MMXX de su venida al mundo, Jesús es asesinado ya no por soldados romanos obedeciendo órdenes de un gobernador cobarde, Poncio Pilato. Es asesinado por un nicaragüense encapuchado y provisto de una bomba molotov. No lo clavó en la cruz, ya estaba clavado, ni le abrió el costado con una lanza, ya estaba su costado abierto y sangrante. Y digo que volvieron a matar a Jesús porque la capilla de la Sangre de Cristo tenía su sagrario con el copón lleno de hostias consagradas. En ellas estaba Jesús vivo, ya resucitó glorioso y triunfante. Lo dice la historia y nuestra fe.

La imagen calcinada de Cristo. Cristo asesinado en efigie. ¿Por quién? “El pueblo está preguntando, algún día lo sabrá”.

La imagen de la Sangre de Cristo tan venerada y querida sobre todo por el pueblo católico de Managua, quizá solo pueda compararse con la devoción por nuestra Señora del Trono en la ciudad de El Viejo, y en todo el occidente del país.

Han herido con herida profunda a la Iglesia, entendiendo que Iglesia somos todos los creyentes católicos. Ya dijo monseñor Brenes, nuestro Cardenal: Perdonemos a quienes nos persiguen “porque no saben lo que hacen”.

Debemos reconstruir la capilla de la Sangre de Cristo con su urna monumental de vidrio y guardar en ella la imagen calcinada porque será testigo fiel a la hora de la justicia.

Desde el punto de vista profano, el incendio ejecutado por un verdadero pirómano profesional, debe ser investigado y castigado porque se trata de la destrucción de una pieza valiosísima de nuestro menguado patrimonio cultural. Un crimen de lesa-cultura de una reliquia de 382 años.

Nicaragua no posee casi nada de valor histórico-cultural. No fuimos asiento de un virreinato como México, Perú o El Río de la Plata. No hay palacios, ni estatuas, ni nada que recuerde un pasado mejor.

El descuidado Castillo de la Inmaculada Concepción, algunas iglesias, pocas imágenes antiguas, porque infortunadamente, la falta de cultura de varios de nuestros curas párrocos ha hecho que sustituyan bellos altares de madera tallados por ebanistas, tal vez no artistas, pero sí, hermosos, cambiados por altares nuevos, sin valor estético y las viejas imágenes de vestir por figuras bonitas de yeso y de otros materiales.

Cierta vez que tuve oportunidad de hablar con un maestro del Seminario Mayor de Managua le sugerí que elaboraran un programa de uno o dos años de Historia del Arte Sacro para que los seminaristas hoy, sacerdotes mañana, tuvieron esa ilustración que los alejaría de cometer esos “pecados”, le dije, contra los templos que llegaran a estar a su cargo. Me oyó cortés y nada más.

No continuemos destruyendo imágenes que acrecientan nuestra fe y que son piezas amadas de nuestro pobre acervo cultural y religioso. Amén.

La autora es profesora retirada.