El destino de Trump

La tempestad truena en la Casa Blanca. Cae vertical en el “chaleco” de su principal habitante, cuyo olfato presume la posibilidad de un fraude si es derrotado en las elecciones de noviembre. La misma “tonadilla” suena tanto ahí como en algunos de los países de América Latina. Increíble que se haya llegado a ese razonamiento en una nación donde se respeta la institucionalidad.

El pecado injustificable de la irresponsabilidad estremece el pecho del presidente, quien se ha caracterizado por ser el emperador de la mentira, de la contradicción. Se contrae a sí mismo. El ciudadano con la elemental dosis del sentido común lo descubre, lo cual queda reflejado en apelación a la referencia en las encuestas que lo conducen a la conclusión gris de la decadencia. Para cada encuesta puede haber una asignación breve en el calendario. Pero en el caso de Donald Trump hay una excepción. Debe ser muy dramático el giro de su compostura para que provoque un cambio en su favor desde luego extensivo al porvenir de la mayoría.

A “estas alturas del juego” noviembre es un vecino cercano, situado casi en la esquina. No se requiere ser un profeta para que el ciudadano acierte en el pronóstico. Desde principios de abril los especialistas confirman sus predicciones. Nunca los ojos tuvieron tanto acceso a la claridad. El mismo ha sido el facilitador del panorama.

Aunque a veces haga el esfuerzo de sostenerse en las columnas endebles de la reivindicación, la búsqueda del empeño llegó tarde para recuperar el inmenso valor de la credibilidad que debe prevalecer incólume con mayor razón en las arcas lógicas de un estadista.

Aclaro a los lectores que este criterio no lo debo mezclar con la tragedia que ha provocado la pandemia, algo que tiene todos los agravantes de un conflicto mundial. Efectivamente una tragedia manoseada por él desde el trono ejecutivo que le corresponde donde se ha sumergido en vez de enaltecerse en otras esferas acaso más complicadas como las de la ciencia y el humanismo.

Ya se está diciendo que el ganador es Joe Biden, un contrincante de escasa tesitura en el sonido del triunfo. Lo que se augura es su incapacidad para gobernar no porque sea el modelo ideal de la decadencia senil, sino porque sus antecedentes no han sido halagadores para satisfacer la responsabilidad de un cargo tan activo y vasto en el círculo de la política internacional donde Estados Unidos desempeña un rol tan influyente. Lo cierto es que la potencia del norte carece en ese momento del líder indicado para garantizar su hegemonía. Empero el mayor deseo es que el favorito responda a la fortaleza que la esperanza le ha encomendado.

El autor es periodista.