Las opciones sobre la mesa

Resistencia pacífica. Lucha cívica. Son palabras muy repetidas por la oposición. Nadie aboga por guerra civil o lucha armada. Nadie la ve como posible opción. Nadie. La actitud es encomiable, señal de un verdadero espíritu cívico, de que la oposición busca triunfar a través del procedimiento civilizado de elecciones y de que rehúsa todo tipo de violencia.

El problema es que Ortega parece empeñado en cerrar todos los caminos pacíficos. Sus acciones de las últimas semanas son más que elocuentes; un conjunto de leyes represivas que indican su voluntad de establecer en Nicaragua un Estado policial totalitario. Que confirman, además, que está dispuestos a cerrar todas las rendijas democráticas con tal de establecer un régimen dinástico sostenido exclusivamente por las armas y el aplastamiento total de todas las libertades públicas. Es cierto que los OrMu son mayorcitos, pero tienen hijos y seguidores que tienen muchísimo que perder sin el poder, y que ya están previendo formas de prolongarlo. Lo hizo Somoza y, por insólito que parezca, lo pueden intentar también los OrMu. Nicaragua tiene la fatal tendencia de repetir el pasado.

¿Qué opción queda entonces? Cerrada la A, la vía electoral, queda la B; la resistencia cívica heroica, haciendo uso de todo el repertorio de los métodos de lucha no violentos. Sin duda, es la mejor opción para la que hay que preparase ya y que habrá que utilizar a fondo. Pero siendo realistas y evitando confundir lo deseable con lo posible, podría fracasar. Lo que enseña la historia es que los movimientos pacíficos funcionan bajo dictaduras donde sobreviven algunos escrúpulos o limitaciones que frenan la represión ilimitada, como ocurrió en la India de Gandhi o en la Norteamérica de Martin Luther King. Pero no funcionan bajo dictaduras como las de Hitler, Corea del Norte o la cubana.

Ortega lo sabe. Sabe bien que Castro se eternizó en el poder creando un perfecto Estado totalitario. Sabe que eso funciona, aunque acarree su aislamiento, muchas sanciones y el empobrecimiento radical del pueblo. Con armas, una buena policía secreta y el terror, a un pueblo descontento se le puede mantener a raya. No hay tales de que las presiones y frustraciones hacen estallar siempre la olla cuando la tapa está bien apretada y, si revienta, el Estado totalitario tiene todos los medios para aplastar a sangre y fuego los atrevidos hervores.

Esa es la sombría realidad que enfrenta el pueblo nicaragüense. No hay que tratar de evadirla tejiendo esperanzas vagas. Está allí para que sopesemos qué se puede hacer. Si la alternativa A y B fracasan, los OrMu pondrán al pueblo ante las únicas dos posibles: la C, insurrección armada, y la D, sometimiento resignado. Claro, siempre queda posible lo que llaman “actos de Dios” o imponderables; una enfermedad terminal del tirano, fractura en los altos mandos, o una súbita y milagrosa conversión a la democracia.

Pero es riesgoso fiarse de circunstancias impredecibles. Enfrentados al cierre total de opciones pacíficas se multiplicarán el número de nicaragüenses deseosos de empuñar “el fusil libertario”. No es una mera posibilidad. Ya, desde ahora, hay muchos en la diáspora, y dentro del país, dispuestos a contemplarla. Tampoco es imposible. Aunque es difícil, dinero para armas se puede conseguir, igual que la complicidad de algunos gobiernos, indignados ante una dictadura malvada.

También es una opción legítima ante tiranías prolongadas y perversas; una que la oposición no debería descartar en forma categórica. Los OrMu sonríen cuando algunos anuncian que su única opción es la lucha cívica. Porque, aunque les molesta —a todo totalitario le irrita en extremo cualquier manifestación de disidencia— tampoco les quita el sueño. Con muchos AK bajo la cama, y muchos grilletes sobre las libertades, pueden aspirar a muchos años más del intoxicante poder. Es mejor que sepan que cerradas todas las puertas enfrentarán a un pueblo dispuesto a alzarse.

No es la opción que buscamos, ni la que queremos ni la que predicamos. Pero puede ser la única que dejen al pueblo aquellos que aborrecen las soluciones pacíficas. Es bueno que sepan ellos que el nicaragüense no se resignará a vivir de rodillas; que para un pueblo acorralado, no hay opción prohibida.

El autor es historiador y autor del libro “En busca de la tierra prometida, Historia de Nicaragua 1492-2019”.